Fábula de Galatea y Polifemo
Fabula de Galatea y Polifemo

lunes, noviembre 29, 2004

la canción callada

La gente suele creer que el amor, en todas sus formas, está reñido con el ámbito laboral. A mí me gusta pensar que no es así y apenas tengo ocasión de hacerlo, me doy el gusto de echar al suelo todo cuanto son los elementos con que me gano el salario para aprovecharme de los favores de esa compañerita que tantas veces que tantas veces ha tentado mis demonios con esa exigua falda negra.
Algo habrá de extraño en eso de poseer aquello que tanto uno ha deseado, algo perturbador, un lazo que nos encadena desde la cintura hasta cierto ombligo del horizonte y no tiene precio dejarse ir con el lazo y retirarnos y volver a ir como un resto de hojarasca. Algo hay que hace que nos sintamos creadores de un paraíso que va y viene como una cansina ola de mar, que no es mar sino fuego, un fuego que alterna el estremecimiento con la tregua, el don con la partida.
Quizás por estas razones o por algunas otras que mi pudor prefiere esconder de sus saberes, mi amada Galatea, es que yo soy el dueño de esa mano que pretende perpetuar el momento haciéndolo todo y despacio para no perder detalle, y urgente por no quedar a la vista de otros ojos y también el dueño de esa otra mano que vela su boca sólo por quedarme con el recuerdo de su jadeo en mi palma.
La beso,

lunes, noviembre 22, 2004

Pequeñas delicias de la vida laboral

Desde un rincón gris alumbrado con dicroicas y tubos de oficina me hundo en un sillón que devora mi intelecto día a día.
La fauna burócrata profesa: Nena, tenés que dar gracias a Dios por tener trabajo.
Yo: Que Dios no se meta conmigo.
La fauna: Hereje.
Yo: Frígida.

El aire fresco aparece si te sueño despierta.
Te imagino entrando, encontrándome entre todos, descubriendo mi cara. Me mirás, no hablas, sólo sonreís.
Acercás mi sillón hacia vos, me das la mano para que me incorpore, con un brazo rodeas mi cintura y con el otro limpias de un solo movimiento todo lo que hay en el escritorio.
Los sellos se estrellan en el piso, el mouse cuelga en una punta, los papeles alfombran todo alrededor.
Están todos ahí pero no queda nadie, solo vos y yo.
Nunca creí que la madera pudiera ser tan mórbida . . . Y no, no quiero despertarme.

miércoles, noviembre 03, 2004

romance de sol y nube

No tiene caso. El dolor siempre quiere abrirse paso y cuando entra trae consigo un pesar que a nadie da descanso. Sin embargo, ya ve, mi querida Galatea, a la peor tormenta la siguió un rubio sol abierto a sus anchas. Es la hora sombría la que exige lo mejor que tenemos para dar, ese don oculto que aflora sólo cuando lo necesitamos. Esta piel que nos salva de la vocación que tienen nuestros yo por huir despavoridos cada cual por su lado. Esa misma piel crece fecunda en las cicatrices. Créame que son mejor las marquitas de la vida a no haber sospechado nunca qué cosa es la felicidad.
A levantar la mirada, Galatea, a ponerle manos a la obra para que esta noche nuestro cuerpo cansado reponga energías sobre una tibia nube y a sonreírle a la vida, a perdonarla y a amarla de nuevo.
Suyo,

miércoles, octubre 27, 2004

Contando ovejas

Mis desapariciones se vuelven cada vez más seguidas y tu paciencia infinita es la única responsable de mis retornos, que no son más que regresos poco fértiles en anocheceres cansinos. Y así, las madrugadas me encuentran sin que Morfeo se decida a besar mis parpados y pienso en todo aquello que mi voluntad me impide, pasando lista a lo que no fue y que, seguramente, tampoco será y en medio de la maraña de imágenes que acuden a mi desvelo aparece el recuerdo de quienes aun confían en tu Galatea.
Por ellos, por vos, intento seguir en línea recta, no tentarme con atajos que me llevarían a caminos poco transitados y, tal vez, sin retorno.
Y no, no estoy mal.
Lo que duele purifica -al menos así quiero creerlo- y cuándo el dolor pase mi piel estará anhelando tus manos, como siempre, como nunca, cómo no . . .

domingo, octubre 24, 2004

ese bendito sueño

Es hermoso ver caer el sueño en su cuerpo como la noche sobre la tierra, gota a gota, primero sobre la cabeza, con furtivo detenimiento en el peso de los párpados, por las mejillas, como una lágrima, trazando un meridiano pronto sobre la mitad de pecho, el ombligo y como un rayo atravesar el hilo de las piernas hasta la uña última.
Y después verla dormir en apasionada sinfonía de espasmos aunque me quede afuera de la bóveda en que alberga sus sueños, la fantasía en que es la reina enfundada en bota y corset y baila un vals dando pequeños giros abrazando a un compañero imaginario.
Me gusta verla dormir y saberla ajena del tiempo y dueña de mis debilidades.
Besa su mano,

viernes, octubre 15, 2004

esa maldita vigilia

Anoche, cuando me acerqué a los pies de su cama, presentí que esos ojos insomnes estaban en otro lado. Hubiera querido entender por qué el sueño resultaba difícil. Hubiera querido acercarme a su oído sin que se percatase de eso ni siquiera su bata, pero algo me retuvo, algo me tiraba hacia atrás cuando quería dar un paso.
En qué piensa cuando duerme, en qué cuando no puede conciliar el sueño, eso me he preguntado hoy sin que sepa bien las razones.
¿O será mejor pensar que esos ojos somnolientos sólo pedían cama a gritos por el solo placer de yacer en el lecho?
Qué le pasa, Galatea? Me lo diría? ¿O me condenará a multiplicar mis interrogantes sin respuesta?
Suyo, como siempre

domingo, octubre 10, 2004

Capítulo para una cartografía de la epidermis

Ay, Galatea de mi alma, qué cosas dice cuando me callo. Le perdono las galanterías sólo porque todo en Vd. queda absolutamente hermoso, hasta eso que llama vulgaridad y que no es nada muy diferente de lo que en este tiempo se ha dado en llamar urbanidad. Queremos ser cordiales y resulta que todos somos la misma persona, fatigamos las mismas palabras hasta despojarlas de todo sentido.
No voy a negarle que tener a un dios colgando de mi cuello no me atrae de un modo que me animaría a calificar de demasiado terreno. Es que el cuello es demasiado sensible. Su piel tapiza sin acallar la montonera de sensaciones que hacen escala en él. Claro, estoy pensando en los flechazos que dan en el corazón que no tarda en dar la alarma al cerebro. En ese caso el cuello resulta una estación intermedia, la guarida de las sensaciones cuando quieren detenerse a tomar un refresco. Allí las venas son anchas y los hombres tenemos a ese incómodo huesito que de entrecasa llamamos nuez que es el encargado de avisar cada bocado a quien pudiera interesarle. Y detrás la nuca, que es una provincia postergada, generalmente oculta del sol por los cabellos. No hará falta que le diga que en ese arrabal apartado de las luces es donde las sensaciones que se bajaron a tomar un refresco se confabulan, urgidas por la brevedad de la escala y amparadas por la mala iluminación y entonces se echan unas encima de otras como si fuera el arenero de un jardín de infantes. Entonces cuando el autobús da la señal de partir hacen fila desordenada y lucen despeinadas, machucadas y reprimen la culposa sonrisa de saberse felices.
¿No quisiera Vd., mi muy amada Galatea, darse una vueltecita por mi nuca y deleitarse con esos arrebatos? Le aseguro que resultará complacida.
La besa suavemente,
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